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miércoles, 5 de enero de 2011

MANIFIESTO pOr La ALtErNaTiVa De ViDa...


“Una sociedad que domestica a sus rebeldes ha ganado su paz…
        pero ha perdido su futuro”
-Anthony de Mello s.j.-

Hay quienes piensan que SER CRISTIANO supone ser una persona resignada, conformista y conservadora. Desde esta concepción al cristiano le interesaría que las cosas sigan igual porque así han sido siempre y porque nada puede cambiar. ¡Acaso Dios así lo quiera y por eso lo permite!

Pensamientos y actitudes de este tipo son de lo más alejado a la identidad cristiana. Jesucristo afirmó que había sido enviado para dar Buenas Noticias a los pobres, para proclamar la liberación a los cautivos, para dar la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos (Lc 4, 18). Y no es posible lograr estas pretensiones sin subvertir los valores y prioridades ordinarias de la sociedad que ha dejado fuera del juego social a este tipo de gente por no estar a la altura de las circunstancias.

Lo más característico de Jesucristo, en su actividad itinerante como proclamador del Reino de Dios, consiste en haberse convertido en un tipo problemático para las autoridades judías. La causa, su predicación y sus señales ponían al descubierto las intenciones más profundas de cada persona. Para Jesús es más importante la persona, incluso por encima de las tres instituciones más sagradas de los judíos: la Ley, el Sábado y el Templo. Y por si esto fuera poco, no sólo pone el acento en la persona, sino en las personas menos valiosas, al grado de llegar a afirmar que “las prostitutas y los publicanos aventajan el camino del Reino de Dios”.

Es notorio que Jesucristo fue un subversivo, porque invirtió o transformó los valores que ya no daban vida. Jesucristo fue Alternativa de Vida que suscitaba motivos de Esperanza, hacía sentir que las cosas podían ser de otro modo, y de hecho, hacía que las cosas fueran como habían sido creadas desde el principio, para dar vida. Pero hay que dejar en claro que Jesucristo no fue un subversivo porque quisiera estar en contra de las autoridades, sino porque éstas habían olvidado que la voluntad de Dios consiste en que “todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, “que todos tengan vida en plenitud”. Debido a ello, cuando Jesús va conformando su comunidad, le insistirá hasta el cansancio que “es más importante dar que recibir” (Cfr. Mt 6,3), “que él mismo no ha venido a ser servido, sino a servir” (Mc 9,35) y que es necesario “hacer a los demás lo que queramos para nosotros” (Mt 7,12). Inclusive, y ésta es una de las mayores subversiones de Jesucristo, deja dicho que “hay que amar a los enemigos” (Lc 6,27)…


Por supuesto que todas estas cosas no fueron entendidas por los discípulos sino hasta después de la Pascua. Sólo la resurrección fue capaz de lograr la más radical subversión. La de la muerte a la vida. Después de la resurrección y gracias a la acción del Espíritu Santo, los discípulos también se convirtieron en unos subversivos y fueron capaces de generar una sociedad de contraste: SER ALTERNATIVA DE VIDA, PARA DAR MOTIVOS DE ESPERANZA. Causaban sorpresa, admiración y, en algunos casos, incluso miedo. ¡No vaya a ser contagiosa esa “enfermedad”!

Ser sociedad de contraste fue lo que le trajo tantos problemas a la primera comunidad cristiana. Gracias a ello fueron expulsados de la comunidad judía y debido a ello el Imperio Romano comenzó a cazarlos. No obstante, los primeros cristianos eran bien conscientes de la gran vocación, de la gran misión que Dios les había concedido de mostrar al mundo que LAS COSAS PUEDEN SER DE OTRO MODO, que las relaciones pueden ser MÁS EQUITATIVAS Y MÁS HUMANAS. 

Sin embargo, la inminente venida de Jesús no ocurría y había que organizar mejor a la comunidad con tal de que pudiera subsistir al devenir de la historia. Fue así como gradualmente se fue institucionalizando a la Iglesia. Conforme fue teniendo éxito la consolidación institucional que supo sobreponerse a persecuciones, luego a las relaciones con el Imperio y más adelante, a los conflictos internos de las herejías, se fue organizando un nuevo sacerdocio, un nuevo culto y hasta un nuevo templo. Aún así, el talante subversivo de la tradición cristiana era el hilo conductor.


Antes de continuar hay que aclarar que, al decir “Tradición”, lo que se quiere decir es: la conciencia colectiva de los acontecimientos vistos y vividos como revelación de parte de Dios, preservados por medio de la predicación oral del Kerigma (anuncio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo) por parte de los Apóstoles y que, posteriormente, dieron pie a la redacción escrita que fue constituyendo al Nuevo Testamento. En pocas palabras, Tradición es la vida misma del pueblo en cuanto Pueblo de Dios.

Siglos han pasado, y aunque hay que reconocer que la Iglesia ha coqueteado con el poder, el Evangelio no ha perdido su fuerza contrastante. Por eso es de vital importancia reconocer que es la Sagrada Escritura la que tiene preeminencia sobre la Iglesia, aun cuando la Escritura se ha ido conformando y consolidando al interior de la Comunidad. Por eso para seguir manteniendo el talante subversivo de la tradición cristiana es necesario no disociar Escritura y Comunidad, es decir, Biblia e Iglesia.

Es posible que, en la actualidad, no toda la comunidad cristiana sea capaz de mostrar su ser “comunidad de contraste”, su ser “Alternativa de Vida”, pero, gracias a Dios, jamás ha carecido la Iglesia de personas cuya predicación y actuación hacen palpable que unas relaciones más equitativas y justas son posibles. El trabajo es de todos. Jesucristo, los Apóstoles y cristianos de todos los tiempos han hecho lo que podían. Y en varios casos, eso poco que podían resultó ser bastante. Ahora bien, ¿qué nos toca a cada cual para continuar con el talante subversivo de la tradición cristiana? ¿Cómo mostrar nuestra preferencia por la vida contra actitudes de muerte? ¿Qué hacer para volver a ser, como al inicio, sociedad de contraste en la que haya relaciones más equitativas y fraternas? ¿Cómo ser hoy Alternativa de Vida para dar Motivos de Esperanza?

  
Quizás haga falta renunciar a algunas prerrogativas que, con el paso del tiempo, se han venido ganando. Estatus social, estructura jerárquica, holgura económica, estamento jurídico. Es difícil seguir siendo sociedad de contraste cuando sentimos que ya hemos llegado al modelo que Jesús quería. No es necesario renunciar al aspecto institucional de la Iglesia, basta con tener bien presente que toda institución es provisional. Basta con recordar que la “Tradición” cristiana es más antigua que la institución eclesial medieval, y si bien es más antigua, también es más subversiva, más crítica.

Hay que tener en cuenta también que, para seguir manteniendo el talante subversivo de la Tradición cristiana, no necesitamos una revolución armada. La revolución armada es la lógica común y ordinaria que busca superar la violencia con más violencia. En el cristianismo las cosas no funcionan igual. La Tradición cristiana exige la subversión de la entrega. Dios, en Jesucristo, asume la violencia y la subvierte. A Dios se le conoce en la medida que se experimenta el perdón. Desde esta lógica se recupera la memoria de las víctimas y, por medio de la subversión de las historias, se busca vivir como víctimas no resentidas, lo que supone “escándalo para unos y locura para los otros”, pero no para quien vive en Jesucristo.


Un testimonio a favor de la lógica de la víctima no resentida lo encontramos en el siguiente argumento de la película “La Misión”, cuando el personaje de Robert de Niro, Rodrigo Mendoza, decide tomar las armas para defender a los guaraníes de la Misión, de la invasión armada portuguesa:
- Rodrigo Mendoza: “Padre, vengo a que me bendiga”
- P. Gabriel: “No. Si obra bien, Dios le bendecirá. Si obra mal, mi bendición no le servirá de nada. Si la fuerza es lo que vale, no hay lugar para el amor en el mundo. Puede que sí, que así sea. Pero yo no tengo ánimo de vivir en un mundo así, Rodrigo. No puedo bendecirle.”

“Si la fuerza es lo que vale, no hay lugar para el amor en el mundo.” Esta lógica es la que hay que subvertir. No podemos permitir que la fuerza siga oprimiendo a la vida. Por ello, es necesario crear relaciones más justas, más fraternas, en las que el amor permita un trato más equitativo. Y eso debe comenzar por la propia casa. Al interior de la misma Iglesia necesitamos superar los “distanciamientos laicales-clericales”. Después de todo, también los Papas se iniciaron “laicos” en la comunidad… y si esto es cierto del obispo de Roma, ¿no lo es también de los demás obispos e incluso de presbíteros y diáconos?

Parece que, después de casi dos mil años de trayectoria cristiana, aún no hemos entendido que el más grande de la comunidad es el que se pone al servicio de los demás. Que “padre”, “señor” y “maestro” sólo lo es Dios en Jesucristo (Cfr. Mt 23,9), y que a Él, aún siendo de condición divina, no le preocupó “reducirse al estado laical”, antes bien, se asemejó en todo a nosotros, los “simples mortales”, menos en el pecado.

Los orígenes de la Tradición cristiana nos transmiten la petición de Jesucristo: “Hacer esto en memoria mía.” Y no sólo se refiere a la celebración litúrgica de la Eucaristía, sino a mantener vivo el talante subversivo de la Tradición cristiana. 

 ¿Estaremos preparados para seguir siendo sociedad de contraste, para Ser Alternativa de Vida que suscite motivos de Esperanza?  Porque tal misión sigue vigente… 
  Erick Fernando C.M.
 

viernes, 26 de febrero de 2010

SEGUIMIENTO DE JESÚS-CRISTO: Lo ÚnIcO QuE NoS HaCe CRISTIANOS

A propósito del tiempo de la CUaReSmA...

(El siguiente es un Fragmento de:
PAGOLA, J. A., «Epílogo» en Id., Jesús, Aproximación histórica,
Madrid, PPC, 2008, p. 463-470.)

CREER EN EL DIOS DE LA VIDA

En estos tiempos de profunda crisis religiosa no basta creer en cualquier Dios; necesitamos discernir cuál es el verdadero. No es suficiente afirmar que Jesús es Dios; es decisivo saber qué Dios se encarna y se revela en Jesús. Me parece muy importante reivindicar hoy, dentro de la Iglesia y en la sociedad contemporánea, el auténtico Dios de Jesús, sin confundirlo con cualquier «dios» elaborado por nosotros desde miedos, ambiciones y fantasmas que tienen poco que ver con la experiencia de Dios que vivió y comunicó Jesús. ¿No ha llegado la hora de promover esa tarea apasionante de «aprender», a partir de Jesús, quién es Dios, cómo es, cómo nos siente, cómo nos busca, qué quiere para los humanos?

Qué alegría se despertaría en muchos si pudieran intuir en Jesús los rasgos del verdadero Dios. Cómo se encendería su fe si captaran con ojos nuevos el rostro de Dios encarnado en Jesús. Si Dios existe, se parece a Jesús. Su manera de ser, sus palabras, sus gestos y reacciones son detalles de la revelación de Dios. En más de una ocasión, al estudiar cómo era Jesús, me he sorprendido a mí mismo con este pensamiento: así se preocupa Dios de las personas, así mira a los que sufren, así busca a los perdidos, así bendice a los pequeños, así acoge, así comprende, así perdona, así ama.

Me resulta difícil imaginar otro camino más seguro para acercarnos a ese misterio que llamamos Dios. Se me ha grabado muy dentro cómo le vive Jesús. Se ve enseguida que, para él, Dios no es un concepto, sino una presencia amistosa y cercana que hace vivir y amar la vida de manera diferente. Jesús le vive como el mejor amigo del ser humano: el «Amigo de la vida». No es alguien extraño que, desde lejos, controla el mundo y presiona nuestras pobres vidas; es el Amigo que, desde dentro, comparte nuestra existencia y se convierte en la luz más clara y la fuerza más segura para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.

Lo que más le interesa a Dios no es la religión, sino un mundo más humano y amable. Lo que busca es una vida más digna, sana y dichosa para todos, empezando por los últimos. Lo dijo Jesús de muchas maneras: una religión que va contra la vida, o es falsa, o ha sido entendida de manera errónea. Lo que hace feliz a Dios es vernos felices, desde ahora y para siempre. Esta es la Buena Noticia que se nos revela en Jesucristo: Dios se nos da a sí mismo como lo que es: Amor.

VIVIR PARA EL REINO DE DIOS

Una pregunta brota en quien busca sintonizar con Jesús: ¿qué es para él lo más importante, el centro de su vida, la causa a la que se dedicó por entero, su preferencia absoluta? La respuesta no ofrece duda alguna: Jesús vive para el reino de Dios. Es su verdadera pasión. Por esa causa se desvive y lucha; por esa causa es perseguido y ejecutado. Para Jesús, «solo el reino de Dios es absoluto; todo lo demás es relativo».

Lo central en su vida no es Dios simplemente, sino Dios con su proyecto sobre la historia humana. No habla de Dios sin más, sino de Dios y su reino de paz, compasión y justicia. No llama a la gente a hacer penitencia ante Dios, sino a «entrar» en su reino. No invita, sin más, a buscar a Dios, sino a «buscar el reino de Dios y su justicia». Cuando pone en marcha un movimiento de seguidores que prolonguen su misión, no los envía a organizar una nueva religión, sino a anunciar y promover el reino de Dios.


¿Cómo sería la vida si todos nos pareciéramos un poco más a Dios? Este es el gran anhelo de Jesús: construir la vida tal como la quiere Dios. Habrá que hacer muchas cosas, pero hay tareas que Jesús subraya de manera preferente: introducir en el mundo la compasión de Dios; poner a la humanidad mirando hacia los últimos; construir un mundo más justo, empezando por los más olvidados; sembrar gestos de bondad para aliviar el sufrimiento; enseñar a vivir confiando en Dios Padre, que quiere una vida feliz para sus hijos e hijas.

Desgraciadamente, el reino de Dios es a veces una realidad olvidada por no pocos cristianos. Muchos no han oído hablar de ese proyecto de Dios; no saben que es la única tarea de la Iglesia y de los cristianos. Ignoran que, para mirar la vida con los ojos de Jesús, hay que mirarla desde la perspectiva del reino de Dios; para vivir como él hay que vivir con su pasión por el reino de Dios.

¿Qué puede haber en estos momentos, para los seguidores de Jesús, más importante que comprometernos en una conversión real del cristianismo al reino de Dios? Ese proyecto de Dios es nuestro objetivo primero. Desde él se nos revela la fe cristiana en su verdad última: amar a Dios es tener hambre y sed de justicia como él; seguir a Jesús es vivir para el reino de Dios como él; pertenecer a la Iglesia es comprometerse por un mundo más justo.


... Y TÚ CRISTIANO,
¿A QUÉ TE DEDICAS?

lunes, 12 de octubre de 2009

MISIONEROS con Ángel...



Algo sobre los santos arcángeles, Miguel, Gabriel y Rafael. No sé si ustedes todavía creen en los ángeles. He de confesar que, por mi parte, aún creo. Aunque ya no del mismo modo como cuando era un niño y esperaba que hicieran mis trabajos y solucionaran mis temores y preocupaciones. Ahora creo en ellos en cuanto que son mensajeros de Dios y anuncian algo mayor que ellos mismos, la gloria de Dios.

En este sentido, veo en estos personajes cualidades propias que el misionero requiere adquirir para seguir a Jesucristo, evangelizador de los pobres. Por ejemplo, Miguel, que sabe reconocer al que verdaderamente es importante: “¿quién cómo Dios?”. Recordándonos así, la importancia de la humildad y la sencillez en nuestra manera de ser y de actuar como misioneros de Jesucristo. Por su parte, Gabriel, “la fuerza de Dios”, nos enseña a anunciar la mejor y más Alegre Noticia, que Dios ha querido estar para siempre con nosotros en la persona de Jesucristo. Así, quienes hemos sido llamados a ser evangelizadores no hemos de cansarnos de anunciar el Reino de Dios, tal como lo hacía Jesucristo, ni de afirmar que es en la persona, en la vida y en las actitudes de Jesús donde ese Reino de Dios se manifiesta en acto. A su vez, Rafael, el peregrino que hace manifiesta “la curación de Dios”, nos da muestras claras de la diligencia e itinerancia necesarias para hacer efectivo el evangelio, es decir, para hacer creíble que el Espíritu de Dios nos ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos, a dar la vista a los ciegos y a dar la libertad a los oprimidos.



Si asumimos la sinceridad y coherencia que los arcángeles nos enseñan de su vida como mensajeros de Dios, podremos unir nuestras voces a las del salmista cuando dice: “siempre que te invocamos nos oíste y nos llenaste de valor” y asumiremos mejor nuestro compromiso misionero: “que todos los reyes de la tierra te reconozcan, al escuchar tus prodigios”.

Esta invitación a la sinceridad y a la coherencia, propia del “verdadero israelita en quien no hay doblez”, ha de remitirnos a la cuestión ¿creemos en Jesús sólo por los signos extraordinarios? O bien, somos capaces de reconocer la presencia de Dios donde quiera que se manifieste y reaccionar positivamente frente a ella. Por ejemplo, en lo ordinario de nuestros días que a veces parecen pasar sin pena ni gloria, o en los compañeros de casa, de estudios o de apostolado que han perdido el sentido o los ánimos por lo que hacen y que apenas sobreviven desangelados de su compromiso misionero. El apóstol Natanael tuvo la fortuna de que, su amigo Felipe, se decidiera a ser su mensajero y le anunciará: quién como Dios para curar nuestras desolaciones, quién como Jesucristo que anuncia el Reino de Dios y con ello la posibilidad de que otro mundo sea posible.



Estos anuncios de alegría y esperanza en Dios son los que abren el cielo y permiten sentir la presencia cercana de Jesucristo, el Hijo del hombre que nos enseña a vivir como hijos de Dios. Por nuestra parte, ¿cuáles son los mensajes que transmitimos?
¿Tenemos ángel para transmitir con eficacia el evangelio?

Erick Fernando